Suena una canción de Extremoduro, y de repente quiero que nunca hayáis existido.
Mis ojeras,
que tienen cortada toda la comunicación con el órgano principal.
Nunca he tocado un corazón sin desintegrarme
y ahora tengo prohibido el paso.
Si os sigo esperando me convenceré de no haber existido nunca
y me enamoraré del desamor
porque tengo el amor caducado desde hace años,
o desde ayer
y ya no creo en nadie pero creo destrucción.
He perdido el sueño durante muchas noches
por estas causas perdidas
que me recuerdan a una canción de The Beatles
sonando en un vinilo rayado, lleno de polvo
que provoca un dolor insonoro en una cabeza cuerda -que no es la mía-
y un estruendo tan fuerte en la locura
que produce un apagón en esta cuidad de mierda.
Ojalá hubiera más dementes que no me entendieran y que vieran inteligencia en estas líneas.
Ojalá ellos no existieran, ni la música, ni el silencio, ni los besos con lengua. Y nunca las noches se convirtieran en el país del miedo al que siempre vuelvo.
Cuando todo es más que un mal recuerdo
y es una carga que hace más pesados todos mi complejos.
Ya no me veo reflejada ni en los espejos opacos,
cierro los ojos queriendo despertar
y la gente gritando en nuevos accidentes me ayuda a dormir.
Nunca he sido una santa
pero la vida es muy puta.



